miércoles, 18 de enero de 2017

Regreso a Lisboa

El estuario del Tajo

Lisboa es una de esas ciudades que siempre despiertan en el viajero los mismos sentimientos nostálgicos que le inundaron la primera vez que la visitó. Da igual que hayamos estado en ella en múltiples ocasiones... o solo en una. Lisboa nos recibe con esa reposada emoción, fruto de la profunda seducción que ejerce en los sentidos y de esa sabiduría milenaria que sigue aferrada a sus viejas piedras y a sus señoriales edificios.

Casa Balthazar
Pero, por supuesto, es mucho mejor acercarnos a ella con frecuencia. De igual forma, es fundamental elegir un buen lugar para quedarnos y, entre todos los que conozco (que ya suman un buen número, tras tantos años de viajar a la bella capital portuguesa), no encuentro otro mejor que Casa Balthazar, un secreto muy bien guardado que casi temo compartir por miedo a contribuir con mi recomendación a que sus pocas habitaciones se saturen más de lo que ya empiezan a estarlo.

A mí me gusta visitar Lisboa al final del otoño, cuando la ciudad rezuma melancolía y sus siete colinas parecen gigantescas dunas de plata, coronadas por rojos y escalonados tejados protectores. Y me gusta contemplarla desde los límites del Chiado, pues, desde allí, las vistas nos iluminan el espíritu. 

Miradouro de Sâo Pedro de Alcántara






















Elevador de Glória





Dentro del Elevador da Glória




Seguramente por esa misma razón, mi hotel favorito es Casa Balthazar, algunas de cuyas amplias habitaciones nos ofrecen un panorama similar al del famoso miradouro de Sâo Pedro de Alcántara, al que se accede por el siempre atractivo Elevador da Glória, amarillo y lisboeta como ninguno. Luego, merece la pena pasear de vuelta al Chiado y tomar el aperitivo en A Brasileira (o, mejor aún, en la terraza de Benard, que tiene menos turistas y está un poco más retirada del ajetreo que nunca falta en la de su más popular vecino.








Un poco después (y tras visitar la librería más antigua del mundo –Bertrand– y comprar en ella el libro de Pessoa 'O que o turista deve ver'), conviene apresurarse por la calle Garrett (ya volveremos más tarde, con menos prisas) para llegar a tiempo al mejor (de lejos) restaurante de Lisboa, el Uma, donde por diez euros comeremos el más fabuloso arroz con marisco que la mente más fantasiosa pueda imaginar. 

Y hay que hacerlo antes de que cierre de forma definitiva, que, por desgracia, me temo que no será dentro de mucho. Esa cazuela de arroz, repleta de langostinos, cigalas, buey de mar y unos cuantos mejillones justifica, por sí misma el viaje. Ir a Lisboa y no comer al arroz con marisco del Uma es uno de los pecados más atroces que se pueden cometer. 
El restaurante, de aspecto modesto y nada atractivo, pasa desapercibido en la discreta Rua dos Sapateiros, una calle-oasis en pleno centro de la Baixa.


El arroz con marisco de Uma

No hace falta, en consecuencia, comer en los famosos Belcanto, Alma o Pap'Açorda (por mencionar solo unos pocos) para disfrutar de los placeres culinarios de la capital en la que más tarde se pone el sol de la Europa continental. Pese a ello, cabe resaltar el gran progreso de los cocineros portugueses, en especial de los de la nueva generación.

En cualquier caso, como no solo de arroz con mariscos vive el hombre, deberíamos dejar el café para tomarlo en la Confeitaria Nacional (fundada en el año 1829 por Balthazar Roiz Castanheiro), un negocio familiar que hoy posee, asimismo, la ya mencionada Casa Balthazar y un moderno barco en el que se puede comer a bordo, mientras observamos la ciudad desde el Tajo.

Confeitaria Nacional
La plaza de Figueira (donde se encuentra esta veterana confitería) esconde, como los lectores de Turistas y Piratas ya conocen, otra joya en riesgo de extinción: el Hospital de Bonecas, del que ya hemos hablado en otra ocasión.

Volviendo a las experiencias culinarias, debemos reseñar un descubrimiento muy digno de destacar en otra zona de Lisboa. Siguiendo la moda ya  bien establecida en otras ciudades, los mercados se están renovando para ofrecer una alternativa moderna y más completa a la restauración convencional. Aquí nos estamos refiriendo, en concreto, al Mercado da Ribeira, un espacio singular y muy especial, en el que, respetando una amplia zona para la actividad tradicional de un mercado de productos frescos, ha convertido su enorme patio principal en un inmenso local en el que se ofrecen todo tipo de comidas y bebidas desde la mañana hasta la madrugada. El nuevo espacio, inaugurado en 2014, ha sido promovido por la revista Time Out, que ha convertido al que desde 1892 era el principal mercado de comida de Lisboa en un referente de modernidad para todos, y, muy especialmente, para los jóvenes. 

Mercado da Riveira (Time Out Market)









El resultado es espectacular, sobre todo cuando lo observamos desde el primer piso. Una iniciativa brillante desde el punto de vista arquitectónico que ya es uno de los centros de ocio preferidos de los lisboetas.


La diminuta Luvaria Ulisses
Con permiso de Alfama y del Bairro Alto, el Chiado sigue siendo mi barrio favorito de Lisboa, quizás por su tradición literaria, que se sigue respirando en sus pequeños rincones escondidos. Me gustan sus cafés, sus tiendas, sus restaurantes, sus empinadas calles, sus plazas... Solo me perturba la fallida rehabilitación de los Armazens do Chiado, nacidos en la recuperación de la zona, tras el terrible incendio de 1988 cuya excepcional ubicación merecía un centro comercial de mayor categoría y algo menos oloroso y populachero. Las múltiples tiendas de marcas internacionales que ocupan las aceras de la muy comercial calle Do Carmo no mitigan este sentimiento (pese a disfrutar de la elegante dignidad de los edificios recuperados por el gran arquitecto Siza Vieira, aunque sí me reconforto al pasar frente a la minúscula y excepcional tienda Luvaria Ulisses (luva es guante en portugués), cuya mera existencia apacigua mi ánimo.

Las ruinas del Convento do Carmo








No es posible ser exhaustivo en la descripción del Chiado, de hecho pienso que intentarlo es contraproducente. Lo único que sirve es recorrerlo y, mejor todavía, vivirlo. Pasar de noche, por ejemplo, junto a las ruinas del Convento do Carmo, atravesando una plaza bella y silenciosa de regreso a Casa Balthazar, es algo que inspira a cualquiera, trasladando por un momento al paseante a la vieja Lisboa... la anterior al gran terremoto de 1755.

Teatro Nacional Sâo Carlos






Sin salir del Chiado, una velada conviene reservarla para el Teatro Nacional Sâo Carlos, una pequeña joya de la música que combina una breve temporada lírica con otra sinfónica y escogidos conciertos de cámara. Muy agradable es la pequeña placita frente a su entrada principal, rodeada de restaurantes famosos (Belcanto, Alma) y otros menos distinguidos, pero llenos de encanto, como es el caso del Café no Chiado, de animada terraza asediada por el paso del tranvía, e interior con acogedor ambiente literario.

Café no Chiado






Perdonará el lector que nos hayamos centrado tanto en un solo barrio de Lisboa (con un par de notables excepciones, eso sí), pero es que el Chiado da para mucho. Tiene, además, a los poetas y escritores de su parte y, pese al acoso comercial del que hoy en día adolecen casi todos los barrios históricos de las grandes capitales europeas, mantiene buenas dosis de su espíritu original, al menos en las épocas de menor afluencia de turistas, compradores compulsivos y noctámbulos bulliciosos. Y si, aparte de todo ello, consiguiésemos que cesasen definitivamente en su monserga los supuestos músicos callejeros que se empeñan en dar la tabarra a quienes solo buscan un rato de sosiego en la terraza de A Brasileira, junto a la estatua sedente de Pessoa (pobrecillo si quisiera en estos tiempos volver a su viejo café para relajarse y escribir), el encanto del corazón del Chiado subiría muchos enteros.

Lisboa vista desde Casa Balthazar
Pronto volveré a Lisboa. Y espero tener tiempo para dedicarlo al viejo barrio de Alfama... siempre y cuando eso no me impida comer un par de veces (al menos) el bendito arroz con marisco de Uma, a cuyos dueños (Joâo y Maria, ya entrados en años) Dios conserve la salud y las ganas de trabajar muchos años más. Así sea.

lunes, 28 de noviembre de 2016

A orillas del Tahoe

En aquellos tiempos (ya lo he contado en alguna ocasión) mis relaciones con el sheriff de Sacramento no pasaban por su mejor época.
Para ser más exactos, mi situación con respecto a la principal autoridad policial del condado atravesaba por un momento comparable al que solía presidir la convivencia que caracterizaba la mantenida por el protagonista de la principal obra de José Mallorquí con los representantes de la ley de aquel nuevo estado de la Unión a mediados del siglo XIX, y que, generalmente, era poco amistosa.

Pese a que el verdadero responsable de aquel conflicto no era yo, sino mi amigo Steve, y sin tener en cuenta mi condición de modestísimo hacendado californiano (en esto, sin embargo, mi situación no era comparable a la de D. César de Echagüe), la actitud del sheriff hacia mí nunca fue, digamos, cariñosa.

No era, por lo tanto, raro que yo procurase reducir mi estancia en Sacramento al mínimo imprescindible, lo que justificaba mis escapadas al cercano lago Tahoe e, incluso, al vecino estado de Nevada.

Montañas, pinares y aguas cristalinas

El impresionante Tahoe, famoso por sus magníficos paisajes montañosos, cubiertos de frondosos bosques y la claridad de sus cristalinas y purísimas aguas, es, en verdad, grande. Casi podríamos decir (exagerando muy poco) que tiene una superficie similar a la de la isla de Ibiza, bañando en su orilla oeste California, mientras que su lado oriental se extiende, de norte a sur, junto a las tierras de Nevada.

A casi dos mil metros de altura y protegido por una gran reserva natural, la naturaleza presenta en el entorno de sus más de cien kilómetros de costa un ambiente típicamente alpino, en el que el visitante puede disfrutar tanto en invierno como en pleno verano.

Pero en tiempos no tan lejanos, el lago tuvo otro nombre: Bigler. Puesto en honor de John Bigler, tercer gobernador de California y personaje muy popular en el joven estado en aquellos años. Su favorable predisposición hacia la causa sudista, no gustaba nada a muchos políticos y militares influyentes, lo que, tras algunas alternativas, provocó que el lago dejase de ser conocido por el apellido del gobernador y acabase con su nombre actual, políticamente mucho más correcto, pese a estar derivado de una errónea pronunciación de su nombre original en la lengua de sus antiguos habitantes, los Washoe.

El lago, en verano





La famosísima serie de televisión Bonanza contribuyó a la popularidad del Tahoe. El inmenso rancho de los Cartwright se extendía junto al lago, en tierras de Nevada, próximo a la ciudad minera de Virginia City, y sus aventuras amenizaron durante años las tardes de los televidentes de todo el mundo.
Rodada en color, es recordada por todos nosotros en blanco y negro (tal como la vimos) y ha quedado para siempre como una de las más duraderas de la historia de la televisión. En Estados Unidos se mantuvo once años en pantalla (entre 1961 y 1972), alcanzando las más altas cotas de audiencia, al igual que en muchos otros países.

Yo nunca visité Virginia City (ya convertida en un recuerdo de lo que fue), pero sí llegué hasta Reno, ciudad que es para los residentes en el norte de California lo que Las Vegas es para los del sur, es decir, el paraíso del juego. 

No es un lugar que se cuente entre mis favoritos, aunque debo reconocer que, al menos en aquellos tiempos (no me refiero a los de Bonanza, en los que yo creo que aún no se había fundado la ciudad de Reno, pese a aparecer en el famoso mapa que ardía durante la presentación de cada capítulo, sino a los de mi estancia en California), el MGM-Grand era un casino que llamaba la atención a quienes no conocíamos más que otros más clásicos, como los de Biarritz o Montecarlo.

El MGM-Grand era, en realidad, un hotel. Un hotel que, aparte de contar con dos mil habitaciones y todo tipo de instalaciones para congresos y celebraciones, albergaba en su planta baja al mayor casino del país. Su sala principal tenía las dimensiones de un campo de fútbol y pasear por ella se convertía para el visitante en todo un espectáculo. No hacía falta jugar, bastaba con moverse entre mesas con tapete verde y cientos de máquinas tragaperras, cuya música, luces y colorido atraían a un público frenético, dispuesto a dejarse un buen puñado de dólares a cambio de una explosión de adrenalina.
La primera impresión la recibías en la misma entrada, donde un melenudo león (llamado Metro) te recibía, dispuesto a dejarse retratar contigo, si tenías suficiente ánimo para intentarlo.
Sinceramente, tras pasar un día allí parecía difícil aceptar que aquel próspero y multimillonario negocio estuviese predestinado a sufrir las consecuencias de una grave crisis (dicen que originada por la ley conocida como Indian Gaming Regulatory Act) que acabase con las sucesivas ventas de la propiedad, hasta llegar a nuestros días bajo el nombre de Grand Sierra Resort. 

Reno (Nevada)





Reno es el contrapunto del lago Tahoe. Una ciudad que se hace llamar a sí misma 'The Biggest Little City in the World' y que resplandece con sus luces bajo la atenta mirada de las montañas de Sierra Nevada, poco tiene que ver con los tranquilos y bucólicos paisajes de las riberas del lago, entre los que destaca la pequeña bahía conocida como Emerald Bay.

Emerald Bay





De este rincón del lago, todo es memorable, desde su playa (para quienes no se asusten de una temperatura del agua nada caribeña) hasta su célebre isla, Fanette Island (la única que existe en el Tahoe) y que es conocida por estar en ella los restos de la 'Tea House' de Mrs. Lora Knight, dueña de aquellas privilegiadas tierras en los años veinte del pasado siglo. Antes la había habitado (entre 1863 y 1873) el excéntrico capitán Dick Barter, quien, tras construir en la isla su propia tumba y una capilla, nunca pudo ser enterrado en ella ya que desapareció un poco más al norte, durante una tormenta. Concretamente en Rubicon Point, donde se encuentra el faro más alto de los Estados Unidos (no por el tamaño de su torre, sino por estar situado a casi dos mil metros sobre el nivel del mar).

Desde una ventana de la 'Tea House' de Fannette Island



Hace mucho que no he vuelto por aquellos parajes de inmensos pinares y altas montañas, algo que espero hacer pronto, siempre y cuando haya constatado, de forma fehaciente, que el viejo sheriff del condado de Sacramento ha dejado de tener cualquier tipo de relación con las actuales autoridades de California, claro está.

Las cristalinas aguas del Tahoe y Sierra Nevada















viernes, 7 de octubre de 2016

Nueva York en los 70 (Philip Trager)

West Broadway (1978)

Si hay una ciudad que siempre atrae al visitante, es Nueva York, aunque justo es reconocer que su atractivo no ha sido el mismo a través de los años. Y en los setenta no estaba en su mejor momento.
Recuerdo bien que cuando la conocí (algo antes de que las fotos que ilustran este artículo fuesen tomadas) me agobió un poco. Tal vez fue por la combinación de una climatología adversa, mezclada con un aspecto de suciedad y descuido que no esperaba. Desde aquella primera ocasión, la he visitado muchas veces, tanto por motivos profesionales como personales y tengo que confesar que es una de las ciudades que más me apasionan.

Grand Central Terminal (1978)

Me consta que hay gente que solo ve en ella lo que yo percibí en mi primer viaje. Y también es cierto que muchos no tienen una segunda oportunidad para modificar su opinión.
Pero, en cualquier caso, hay que admitir, como ya hemos dicho, que la década de los setenta no fue la mejor para la gran urbe americana. 
Por eso, retroceder en el tiempo de la mano de este gran fotógrafo, Philip Trager, es un placer que tiene mucho de higiene mental para quienes solo deseamos un constante recuerdo positivo de Manhattan y sus alrededores. 
La feliz publicación de un nuevo libro de Trager ('New York in the 1970s'), editado por Steidl, nos transporta a través de un recorrido en el que la arquitectura de la ciudad es la gran protagonista del objetivo de este extraordinario fotógrafo, especializado tanto en este tema como en el, aparentemente antagónico, de la danza.

Columbus Circle (1978)




Fotografías de una gran pureza, de la que es responsable, en buena parte, el elegante blanco y negro en el que están realizadas, así como la muy cuidada elección de los encuadres y el juego constante de los efectos de luz y sombras.

West 34th Street (1977)






Y como las imágenes que aquí vemos no son más que un ejemplo de la belleza encerrada en su libro, recomiendo comprarlo y disfrutar de él relajadamente. Es una de esas obras que nos gustará conservar siempre con nosotros para, de vez en cuando, repasar sin prisa nuestros mejores recuerdos de una ciudad, cuya memoria permanecerá purificada por la cámara de Philip Trager. 

Portada del libro

Todas las fotografías © Philip Trager

viernes, 30 de septiembre de 2016

Helados para recordar

El cierre definitivo de 'Los Italianos' (en realidad, nunca se llamó así y en su rótulo comercial ponía 'Helados Italianos', pero siempre conocimos de esa manera a la veterana y excelente heladería de la calle de Fuencarral, hoy ocupada por una tienda de ropa), me ha hecho pensar en otros despachos y fábricas de helados que también me gustan mucho, pese a tener todos ellos el grave inconveniente de no estar en esa calle.
En cualquier caso, son heladerías extraordinarias y las cuatro de las que vamos a hablar se encuentran en lugares privilegiados, lo que aumenta, sin duda alguna, el placer de visitarlas.











Empezaremos por Walter Glacier, una heladería excelente que se ha ganado una muy merecida reputación tanto por la calidad natural de sus productos como por la simpatía y amabilidad de sus propietarios.
Está en pleno centro de la gran playa de Hendaya, justo en ese animado rincón en el que se reúnen los surfistas para reponer fuerzas tras una jornada de pelea con las olas. A pocos pasos de ella nos encontramos con unos cuantos restaurantes y bares, todos muy animados durante la temporada veraniega, entre los que no podemos dejar de mencionar a La Poissonnerie o al minúsculo y magnífico Barmout.
Los helados de Walter están todos ellos preparados artesanalmente, con la leche de sus propias vacas y productos naturales. Es uno de esos lugares al que es imprescindible ir a diario cuando estás en Hendaya.






Los Valencianos es, junto con la pizzería Pinocho, lugar de peregrinaje permanente cuando estás en Ibiza. Su situación es inmejorable, junto a la antigua Estación Marítima del puerto y al Obelisco de los Corsarios, en el lugar más transitado del barrio de La Marina. Por la noche, su terraza garantiza entretenimiento constante mientras se disfruta de unos helados excelentes, que han sabido mantener la tradición familiar desde que Juan Sirvent, su mujer María Espí y su joven cuñada Edelmira, todos ellos de Jijona, se establecieron en ese mismo lugar nada menos que en 1933. Hoy son los nietos de Edelmira quienes llevan el negocio. Un clásico entre los clásicos de Ibiza, una isla y una ciudad que, a pesar de haber cambiado mucho a lo largo del tiempo, mantiene algunos lugares casi intactos (y son lo mejor que tienen una y otra).












Los Valencianos está situada en el mejor lugar de Ibiza











Fenocchio es, más que una heladería, una institución en la ciudad de Niza. 
Fundada en 1966 por la familia que da nombre al negocio, sigue hoy, medio siglo después, regentada por sus actuales miembros. Está situada en el corazón de la parte vieja (Vieux Nice), concretamente en la pintoresca plaza Rossetti, siempre muy concurrida por culpa del gran éxito de los noventa y cuatro (sí, ¡noventa y cuatro!) sabores de sus helados y sorbetes, algunos de ellos, en verdad sorprendentes.
Son tantos y tan buenos, que es siempre un gran problema decidirse. Un lugar al que no se puede dejar de acudir, magnífico y auténtico. No muy lejos han abierto un segundo local, pero el impresionante es el original, en especial en las horas de mayor afluencia de clientes, ya que la frenética actividad que se produce alrededor de su mostrador es única en el mundo. Baste decir que raro es pasear por las calles de la vieja Niza durante las tardes de cualquier fin de semana del año sin cruzarse a cada momento con alguien que esté tomándose un helado de Fenocchio. 























Dejo para el final mi favorito: Buonocore. Se trata de una pastelería/heladería artesanal, de una calidad excepcional, que tiene la virtud añadida de encontrarse a pocos metros de la Piazzetta de Capri, en la calle más transitada del centro de la villa.


Aquí, como sucede en el caso de Los Valencianos, el lugar en el que está juega un papel decisivo. Pero lo más relevante del sitio no son los helados que, siendo muy buenos, quedan eclipsados por la calidad de los barquillos de los cucuruchos, fabricados en el momento, a la vista de los clientes, con un curioso artefacto que no para de ser manejado por un experto 'cucuruchero' (supongo que así se llama a quien fabrica cucuruchos), que se los va pasando, recién hechos, al compañero que sirve los helados. Nunca he probado unos barquillos tan ricos, que, conjugados con el singular entorno de Capri (sin duda alguna uno de los lugares con mayor atractivo y encanto del Mediterráneo), hace de Buonocore un lugar para no olvidar.























Haciendo el barquillo


Si tuviésemos la capacidad de teletransportarnos con la misma facilidad con la que nos movemos con la imaginación, tengo la sospecha que cada tarde visitaría una de estas cuatro heladerías, entre cuyas características comunes está una que no pasa inadvertida, y que no es otra que la de estar todas ellas junto al mar, cerca de playas o costas muy particulares, lo que, sin duda alguna, aumenta (al menos en mí) el deseo de volver a ellas con tanta frecuencia como me resulte posible. 
Y, si no puedo hacerlo, recurrir al infalible método de cerrar los ojos y hacer un pequeño esfuerzo mental. Algo que nunca me falla... y, menos aún, con tan ricos y dulces alicientes de por medio.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Reflejos de otoño: Moscú


Moscú en otoño siempre me ha parecido perfecta para disfrutar de la tristeza. De esa tristeza bella y suave, que dura poco... que se aleja de nosotros y, a la vez, se resiste a abandonarnos al frío del invierno. 
En esos días, húmedos y lentos, en los que el verde se convierte en ocre y el azul del cielo se ha ido, dejando su lugar a una cúpula de plata, pasear por sus rincones más escondidos, con un libro de Aleksandr Pushkin bajo el brazo, se convierte en un deporte poético, relajado y muy sano para el espíritu.

















"Cada otoño florezco de nuevo", decía Pushkin en uno de sus versos. Una sensación que entiendo perfectamente. Y, hablando de flores, viene a cuento ese bello poema en el que el gran poeta ruso se pregunta, al encontrar una flor seca en el interior de un libro:


Una flor que el tiempo marchitara
veo en un libro olvidada todavía;
y de una ensoñación extraña
de súbito se colma el alma mía:

¿Dónde? ¿Cuándo floreció? ¿Cuál primavera?
¿Larga vida tuvo? ¿Fue cortada
por mano conocida o mano ajena?
¿Y luego para qué fue aquí guardada?

¿Es un recuerdo de inefable cita
o de algún adiós fatal y frío,
o de un paseo en solitaria cuita
por campos de silencio y bosque umbrío?

¿Y vive él? ¿Y ella viva está?
¿Dónde estará la sombra de su amor?
¿O también se han apagado ya
igual que esta misteriosa flor?


Una bonita traducción de Sonia Bravo Utrera (difícil empeño el de traducir poesía).


Cuando nos movemos, sin rumbo, durante el otoño en Moscú no es importante elegir un camino u otro. Es mucho mejor ir encontrándose con las sorpresas anónimas que las calles nos ofrecen. 
Y hoy, lejos de Moscú como estoy ahora, es una feliz idea dejarse rodear por las fotografías de mi amiga Elena Potyeva para sentirte inmerso en ese paseo.

Potyeva tiene la magistral virtud de retratar rincones inesperados, que no tienen por qué ser necesariamente solitarios y alejados. Muchos de ellos están en pleno centro, muy próximos a lugares repletos de gente local apresurada, o de esos viajeros despistados que deambulan por las grandes avenidas, sin aspirar a nada que se salga de lo común. Las fotos de Elena siempre miran a un ángulo distinto, cargado de sentimiento, de nostalgia y de sencilla belleza (que, como bien sabemos, es la más grande que existe). 

Estas imágenes nos permiten sumergirnos en el otoño de la capital rusa y perdernos entre sus esquinas, sin buscar nada concreto, dejándonos llevar. Carece de importancia, cuando así nos adentramos por las calles secundarias de una ciudad, identificar el lugar, el edificio ante el que nos encontramos. Sin embargo, hacerlo así, sin la urgencia del turista habitual ni las prisas de quien persigue algo específico o debe llegar a tiempo a su destino, nos proporciona un placer especial. 







Y luego, tal vez sentados junto a la ventana de un café, leer otro poema de Pushkin y, a continuación, mirar a través del cristal para reflexionar sobre el sentido de las cosas. Para ello, podrían ser muy apropiados estos versos suyos, titulados 'El carro de la vida':

Aunque a veces la carga es pesada,
el carro avanza ligero;
el intrépido cochero, el canoso tiempo,
no se baja del pescante.

Nos acomodamos por la mañana en el carro,
alegres de partirnos la cabeza,
y, despreciando el placer y la pereza,
gritamos: ¡Adelante!

A mediodía se ha esfumado ya el arrojo;
trastornados por la fatiga y aterrados
por las pendientes y los barrancos,
gritamos: ¡Más despacio, loco!

El carro sigue su marcha; ya a la tarde,
a su carrera acostumbrados, soñolientos,
buscamos posada para la noche,
mientras el tiempo azuza a los caballos.





Y es que así es la vida, como un paseo por Moscú en otoño.

































Poemas: Aleksandr Pushkin.
Fotografías: Elena Potyeva.