domingo, 27 de julio de 2014

El oro de Venecia


Que Venecia fue una próspera república marítima es bien conocido. 
Y también es sabido por todos que, en aquellas épocas de máximo esplendor, su control de la actividad comercial en el Mediterráneo contribuyó, muy notablemente, a que el lujo y la riqueza se hicieran más que ostensibles en la vida diaria de una buena parte de la sociedad veneciana.
Una sociedad cuya economía se vio impulsada gracias a su capacidad para reunir bajo su bandera lo mejor de los dos mundos que luchaban por la supremacía política y religiosa... además, claro está, de la económica.


Sin embargo, no quiero hablar hoy aquí de ese oro que llegaba a los ricos comerciantes de la ciudad desde sus colonias y dominios ultramarinos, ni del que, sin duda, disfrutaba su clase dirigente, sino del dorado fulgor que nos envuelve cuando atravesamos la puerta de la gran Basílica de San Marcos, el gran templo que preside una de las plazas más famosas y bellas de Europa, por no decir del mundo.



Porque si, ya desde su exterior, San Marcos consigue impresionarnos con la muy extraordinaria personalidad de su fachada, custodiada por ese campanile puntiagudo de ladrillo rojo que ejerce de permanente centinela de la plaza, es tras pasar bajo los cuatro caballos de bronce que coronan su entrada principal cuando nos introducimos en un dorado entorno de naves, bóvedas y cúpulas, que, unidas a su historia y leyenda, sobrecogen, sin remedio, al visitante.


Dicen que los restos de San Marcos fueron trasladados a Venecia, desde Alejandría, en el año 828, así que la primera basílica a él dedicada data de esa época, sustituyendo a la anterior, la de San Teodoro. 


Concebida en un principio como una extensión del Palacio Ducal, la basílica fue creciendo en tamaño y riquezas a lo largo de los siglos, pues a medida que los mercaderes iban prosperando en sus negocios debían contribuir a la grandeza del templo del santo patrón de La Serenissima.


Las reliquias del evangelista del león alado no debieron estar muy bien conservadas (o tal vez demasiado bien escondidas) durante algún tiempo, ya que llegaron a desaparecer y fueron milagrosamente encontradas durante la construcción de la tercera basílica, en el año 1094. 

Su marcado estilo bizantino se conserva hoy aún más puro que en las iglesias de Constantinopla (Estambul), influenciadas por tantos años de dominación musulmana.
Una buena parte de este estilo arquitectónico se refleja en sus más de ocho mil metros cuadrados de mosaicos, que cubren gran parte de su interior, como podemos apreciar en las excelentes fotografías de Pau Gir que ilustran este artículo.

El oro de San Marcos alcanza su máxima expresión en la Pala d'Oro, el gran retablo que cierra el altar mayor, glorificando con su lujoso esplendor las reliquias de San Marcos. 
La Pala d'Oro es, muy probablemente, la más grandiosa obra de orfebrería bizantina que se conserva intacta en nuestros días.


Eso sí, esta inmersión aurífera tan absoluta se disfruta, mucho mejor aún, tras unos buenos spaghetti all'astice degustados, sin prisas, en la excelente osteria Al Mascaron, y debe ser complementada, a la salida, con un relajado té en Florian, a pocos pasos de la basílica y en plena Piazza San Marco.

Luego, veremos los últimos reflejos dorados del frente de los arcos de medio punto de la fachada y, echando una última mirada a la columna sobre la que descansa el león alado, dirigiremos nuestros pasos hacia el vecino Harry's Bar para recordar, con un bellini en la mano, el brillo del oro de San Marcos... que ya se quedó, para siempre, impresionado en nuestra retina, al igual que lo está, desde hace siglos, en el inmortal espíritu de la República de Venecia.


Fotografías originales de @Pau Gir

miércoles, 9 de julio de 2014

Artemisa, la señora de Éfeso

Cuando aquellas amazonas fundaron la ciudad de Éfeso, ni siquiera ellas mismas eran conscientes de que estaban creando uno de los lugares más sagrados y de mayor importancia para la historia de las civilizaciones, que sería venerado durante siglos como centro religioso, comercial y estratégico.

Todavía hoy, treinta y tantos siglos más tarde de que los atenienses colonizaran este puerto de la actual costa de Turquía, arrebatando, tal vez, a las mitológicas guerreras una de las muchas ciudades por ellas fundadas en estas latitudes, sigue siendo un lugar privilegiado para quienes aman la cultura, el arte y las tradiciones milenarias.

Pocos lugares atesoran una riqueza histórica tan longeva y valiosa como la de este valle, salpicado de restos griegos y romanos que, unidos a su secular vinculación con tres de las grandes figuras del cristianismo (San Pablo, San Juan y la propia Virgen María), lo convierten en la principal joya de los yacimientos arqueológicos de la costa turca del Egeo.


En la época antigua, la dulce Éfeso fue un puerto de mar. Hoy el mar está lejos de sus ruinas, como si se hubiese querido alejar discretamente para no restar protagonismo a unas piedras que encierran una parte significativa de la vida de los dioses y de los hombres que por ella pasaron. Que, desde luego, también fueron diosas y mujeres, como no podía ser de otra forma, conocida su legendaria fundación por las aguerridas amazonas mencionadas por Heródoto, una de cuyas reinas daría nombre a la ciudad.


La gran referencia arquitectónica de la Éfeso griega fue el templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del Mundo y el mayor templo de la Grecia clásica. Edificado hacia el año 550 a. C. y destruido por un incendio provocado por un tal Eróstrato, con la única intención de pasar a la historia, fue reconstruido gracias al impulso de Alejandro Magno, que había nacido la misma noche en la que ardió. El nuevo templo permaneció en pie durante casi seis siglos, hasta su definitiva destrucción por los godos. 


De sus ciento veintisiete columnas solo queda una en pie. Algunas de sus antiguas hermanas están hoy en Estambul, formando parte de la monumental basílica de Santa Sofía (que no está dedicada a ninguna santa llamada Sofía, sino a la Santa Sabiduría - sophia, en griego - de Dios). 

En la bella y famosa Éfeso hay muchos otros impresionantes restos arqueológicos, como la espectacular biblioteca de Celso, uno de los mejores ejemplos que quedan (bien restaurada, por cierto) de lo que fueron las grandes bibliotecas en la época de Roma. 
La de Celso, construida por su hijo en homenaje a la memoria de su padre (algo que, me temo, resultaría infrecuente en nuestros días), tenía espacio para almacenar doce mil rollos, lo que, sin ser comparable a la de Alejandría, por ejemplo, la otorga un tamaño considerable.
O como el gran teatro que, con capacidad para unos veinticinco mil espectadores, era el mayor de su época y que, lógicamente, destaca por su tamaño y su imponente situación sobre la calle del viejo puerto.
Pero son muchos más, ya que Éfeso puede considerarse como un gigantesco museo al aire libre: el Odeón, la puerta de Magnesia, el Pritaneo, las termas, las dos ágoras, el templo de Adriano...

No hay duda alguna (el gran templo de la diosa Artemisa - la señora de Éfeso - es una prueba evidente de ello) de que la ciudad fue uno de los más importantes centros de culto de la antigüedad.
Y lo seguía siendo en los primeros tiempos de nuestra era, tanto como para que San Pablo le dedicase grandes esfuerzos para combatir allí, precisamente, a una religión pagana que chocaba de frente con la nueva doctrina de su maestro Jesús, al igual que lo hiciera San Juan, quien parece probado que vivió muchos años en la ciudad de Éfeso, donde murió a la nada desdeñable edad de 94 años, tras haber escrito en ella su evangelio.
Algo más discutida es la presencia de María en Éfeso, pese a que la casa en la que, supuestamente, vivió y pasó sus últimos días es lugar de peregrinación obligada para cristianos, contando, asimismo, con el máximo respeto por parte de los musulmanes, pues es bien sabido que la madre de Jesús es admirada por el Islam.

Pasear entre sus piedras milenarias, como lo hicieran, en su día, Alejandro, Marco Antonio, Pablo, Juan y... quizás, María, produce una sensación de suave vértigo, capaz de perturbar al espíritu más templado.
Nadie que viaje por el Egeo debe dejar de visitar Éfeso, el más notable de los muchos yacimientos arqueológicos del oeste de Turquía, una costa sobre la que se empezó a escribir la historia de nuestro mundo.


Fotografías originales de @PauGir